Creíamos firmemente en nuestros ideales, crisol de esperanza
y sueños. Nuestros padres con el sudor del atardecer desaparecían en las
canchas de tierra, entonando cánticos los domingos, entre latas y vino tinto.
Crecimos solos, una generación extirpada, una generación maternizada con
aditivos y suplementos alimenticios subsidiados, somos la generación enferma
que con fiebre veía reír a un irónico Don Francisco. Han pasado años, con temor
nos aproximamos a crecer, a descubrir una identidad, a encontrar sin miedos
bellezas en las aguas del mar o en lo puro de los bosques, sin embargo tememos
al ridículo, al ser incomprendidos. Quizás por mucho tiempo tuvieron que
asentir cuando especulábamos o teorizábamos sobre los comportamientos
sociales, necesitábamos de su voz protectora sobria y virtuosa.
De pronto ya estoy caminando, sintiendo el aire en los
pulmones, el oxígeno en mi cerebro y mi mente procesa rápidamente lo que está
apareciendo frente a mí: son millones de estímulos que se sobreponen, unos por
sobre otros, colores desfigurados/deformados por la plasticidad de la ciudad,
el asfalto los hace más áspero, por lo que digerirlos muchas veces provoca un
pequeño dolor en la garganta. Cuando llega el crepúsculo, mojo mi cara
lentamente, sintiendo como las gotas se funden en mi rostro, se desliza
suavemente en un baile centenario, confundiéndose la pureza con la irritación
de mis ojos al penetrar el indomable astro de fuego. Si las explicaciones
fuesen suficientes no me importaría, no basta la retórica, es incapaz de
construir cimientos sólidos en el mar, ni tampoco convencerme por un instante
de que son otros lo que deben vivir por nosotros.
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