miércoles, 30 de octubre de 2013

Generación sin Padres

Creíamos firmemente en nuestros ideales, crisol de esperanza y sueños. Nuestros padres con el sudor del atardecer desaparecían en las canchas de tierra, entonando cánticos los domingos, entre latas y vino tinto. Crecimos solos, una generación extirpada, una generación maternizada con aditivos y suplementos alimenticios subsidiados, somos la generación enferma que con fiebre veía reír a un irónico Don Francisco. Han pasado años, con temor nos aproximamos a crecer, a descubrir una identidad, a encontrar sin miedos bellezas en las aguas del mar o en lo puro de los bosques, sin embargo tememos al ridículo, al ser incomprendidos. Quizás por mucho tiempo tuvieron que asentir cuando especulábamos o teorizábamos sobre los comportamientos sociales, necesitábamos de su voz protectora sobria y virtuosa.


De pronto ya estoy caminando, sintiendo el aire en los pulmones, el oxígeno en mi cerebro y mi mente procesa rápidamente lo que está apareciendo frente a mí: son millones de estímulos que se sobreponen, unos por sobre otros, colores desfigurados/deformados por la plasticidad de la ciudad, el asfalto los hace más áspero, por lo que digerirlos muchas veces provoca un pequeño dolor en la garganta. Cuando llega el crepúsculo, mojo mi cara lentamente, sintiendo como las gotas se funden en mi rostro, se desliza suavemente en un baile centenario, confundiéndose la pureza con la irritación de mis ojos al penetrar el indomable astro de fuego. Si las explicaciones fuesen suficientes no me importaría, no basta la retórica, es incapaz de construir cimientos sólidos en el mar, ni tampoco convencerme por un instante de que son otros lo que deben vivir por nosotros. 

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