sábado, 5 de octubre de 2013

En La Cocina

EN LA COCINA
Estaba dando vueltas en un espiral de alambre con espinas sintiendo cómo atraviesan sus órganos aquellos morados y filosos mecanismos de protección. Queriéndole recordar por un instante que estaba vivo se incrustan minuciosamente en pulmones, intestino y corazón; ensangrentaban aquellas dagas el espiral maldito, diluyendo la sangre por las ranuras de la infinita perfección matemática del universo.
Sus pensamientos de inmediato comenzaron a trabajar trayendo los recuerdos de todas partes de su estructura mental, eventos reales o reprimidos…volaban los recuerdos de una ciudad fría e insípida a manera de pasajes fotográficos recortados en revistas secas perdidas en canastos de mimbre gastado con ropa húmeda.
Las disculpas constantes por los daños causados de cuando era un infante mirando las piernas cubiertas con enaguas de su abuela; otros recuerdos más recientes y complejos, como el frío de un hogar destruido por la falta de amor, aquella era la espina en su corazón que dilataba sus pupilas con colores de anilina, lo que no lo deja aún dormir por la noches ni disfrutar los sabores de las frutas.
Piensa y observa en este momento los fracasos de la vida, comprende que están cubiertos en un humo circular, engranaje esencial de la conciencia de eterno retorno que se hace presente en los momentos previos de la muerte, nada sobre natural, solamente es el terror sarcástico y cruel de una realidad configurada por nuestra sabia naturaleza indómita.

Su único consuelo en este momento recae en comprender que en los abismos de la muerte no existen clases sociales,  se instala simplemente como si fuese una cocina con la llave del gas abierta esperando a un Prometeo en pijamas que termine su cigarrillo, dé un sorbo más del café y se ponga su careta para el trabajo, todo está listo para falsamente poder sonreír o morir.

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