EN LA COCINA
Estaba dando vueltas en un espiral de alambre con espinas sintiendo
cómo atraviesan sus órganos aquellos morados y filosos mecanismos de protección.
Queriéndole recordar por un instante que estaba vivo se incrustan minuciosamente
en pulmones, intestino y corazón; ensangrentaban aquellas dagas el espiral
maldito, diluyendo la sangre por las ranuras de la infinita perfección
matemática del universo.
Sus pensamientos de inmediato comenzaron a trabajar trayendo
los recuerdos de todas partes de su estructura mental, eventos reales o
reprimidos…volaban los recuerdos de una ciudad fría e insípida a manera de
pasajes fotográficos recortados en revistas secas perdidas en canastos de
mimbre gastado con ropa húmeda.
Las disculpas constantes por los daños causados de cuando
era un infante mirando las piernas cubiertas con enaguas de su abuela; otros
recuerdos más recientes y complejos, como el frío de un hogar destruido por la
falta de amor, aquella era la espina en su corazón que dilataba sus pupilas con
colores de anilina, lo que no lo deja aún dormir por la noches ni disfrutar los
sabores de las frutas.
Piensa y observa en este momento los fracasos de la vida,
comprende que están cubiertos en un humo circular, engranaje esencial de la
conciencia de eterno retorno que se hace presente en los momentos previos de la
muerte, nada sobre natural, solamente es el terror sarcástico y cruel de una realidad
configurada por nuestra sabia naturaleza indómita.
Su único consuelo en este momento recae en comprender que en
los abismos de la muerte no existen clases sociales, se instala simplemente como si fuese una
cocina con la llave del gas abierta esperando a un Prometeo en pijamas que
termine su cigarrillo, dé un sorbo más del café y se ponga su careta para el
trabajo, todo está listo para falsamente poder sonreír o morir.

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