Camino rutinario por Santiago, 18:30 PM,
mirando como avanzan mis pies por el cemento quizás buscando, quizás
manteniendo el ritmo de un cerebro adormecido, tal vez evitando: ¡pum! golpe
despertador, una horda de morbosos fósiles maquillados para lo que sea tuvieron
su tarde de fortuna, valió el esfuerzo de su enfermera colorear el cabello para
esta situación. Frente a tan curiosos sujetos pienso que no fue en vano salir a
dar vueltas por la manzana.
Había vidrios, objetos
plásticos que no se encuentran allí por casualidad, bomberos no específicamente
haciendo un show para niños curiosos de escuelas vulnerables: suficiente sangre
para alimentar el morbo de los navegantes de la red y los miserables medios de
comunicación. Todo tenía lógica, existía un factor o variable que atraía a toda
esta gente, no precisamente una invitación para reunirse en el mismo lugar.
Todos ellos atraídos para presenciar cómo retiran un cuerpo, saber si aún
respira o si se encuentra completo, mejor si comienza el proceso de culpas o
antecedentes de la víctima.
Si no tienen
respuestas será el motivo de conversación para la noche.
Los ancianos siguen aglomerados,
especulando las causales del accidente, algunos culpando otros librando de culpas.
Todos participan del banquete otorgado por el anfitrión, a quien veo retirarse
inmóvil con ojos cristalinos, desplazado y alejado de sus espectadores. Se va
dormido para despertar quién sabe dónde, está claro que no será observado por centenares
de ojos esperando algo que alimente sus vacías existencias, mientras me retiro
pensando por qué motivo en aquel momento (por alguna casualidad) no estaban
mirando la t.v.