martes, 14 de enero de 2014

8 minutos

He tratado insistentemente anular todos mis pensamientos volviendo a la adolescencia por ocasiones, viéndome revolotear por los techos con perspicacia a su sombra. Nada ha resultado exitosamente. Tiendo a pensar que los años han echo lo suyo y quizás los intercambios de palabras ya no se sellan con un carácter vinculante; puede ser que las miradas sean parte de un repertorio sensual superficial como probarse un sombrero ante el espejo o una mirada coqueta al son de la noche.
En definitiva, estoy perdiendo confianza vertiginosamente, escapo cerrando los ojos discretamente, al borde de brochazos de insignificancia recuerdo que debo dormir bajo la sublimidad del ejercicio físico. Es mediodía, al amparo de los rayos del sol acecho su boca, mientras fuma veo la perfección de la naturaleza en un contexto de comunión entre la pureza y el delirio instintivo. Podría imaginar un final detallado con imágenes placenteras, fotografías de un idílico plan ejecutado cautelosamente, no tardo muchos segundos en desteñir la proyección; brota la racionalidad a empujones, el peso de la vida se impone surcando probabilidades que me obligan a guardar los cigarros y levantarme del sauce protector. 

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